domingo, 8 de mayo de 2016

Poesía peligrosa

Lo que le acontece a un hombre no es sino lo que había pronosticado su pasado.

   Me permito parafrasear el título de otro libro de Juan Tallón para reseñar brevemente Fin de poema (Alrevés, 2015; Sotelo Blanco, 2013). ¿Puede efectivamente la poesía resultar un artefacto peligroso? Los personajes de la novela de Tallón no son distintos a cualquier contemporáneo suyo. Pero todos se matan. Si se distinguen del resto es por ser poetas, por su relación especial con la literatura. Así que una deducción sencilla sería esta: sí, algo peligroso debe haber en ella.
   Solo que Tallón no pretende colocarla en el centro del relato. Al fin y al cabo, se narran las últimas horas de cuatro poetas y en ellas son más importantes los desengaños sentimentales, el cansancio, la soledad, el aburrimiento o la desidia. No, lo último que hace un poeta no es poetar, escribir o como se diga. Lo último que hace, como cualquiera, es beber, sudar, charlar, leer el periódico o una carta, pedir otra, llamar por teléfono, desesperarse, tomar pastillas...
   La idea, como la trama, es sencilla, pero tan bien resuelta como precisan ciertos ejercicios rutinarios pero sutiles. Simplemente, las horas discurren. No es necesario que ocurran cosas, solo que entendamos en ese pequeño intervalo cómo llega cada uno al borde del precipicio. De dónde viene. Al borde. Nada más. El resto es historia.
   Los cuatros poetas del libro (Pavese, Pizarnik, Sexton y Ferrater) desesperan porque, paradójicamente, ya no esperan nada. Así que para qué. Estas últimas horas, según pretende Tallón, son una muestra de vida anodina y, sin embargo, primordial, definitiva.  Todo en ellas es muy corriente, por supuesto, y prosaico, qué ironía: Pavese yendo solo a un hotel, Pizarnik en casa sin nadie con quien hablar, Sexton y Ferrater entrando y saliendo de los bares. Turín, Buenos Aires, Boston, Sant Cugat. Cada uno en un sitio que podría ser otro. La vida de los poetas, y su muerte, no son nada excepcional. Fracasan. Como todos. Por muy buenos poetas que fueran.
   Llegados a este punto no hay nada que escribir. Lo constata el propio Pavese con estas últimas palabras de su diario El oficio de vivir (fragmentos del 17 y 18 de agosto de 1950). Todas las palabras de ese año tienen el peso de una sentencia. Ya no es poesía, pues resultan abrumadoras, ciertas:
No tengo nada que desear en este mundo, salvo lo que quince años de fracasos excluyen ahora.
Éste es el balance del año no acabado, que no acabaré.
¿Te asombra que los demás pasen a tu lado y no sepan, cuando tú pasas al lado de tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto? [...]
Siempre sucede lo más secretamente temido. [...]
Basta un poco de valor.
Cuanto más preciso y determinado es el dolor, más se debate el instinto de vivir, y se debilita la idea de suicidio.
Parecía fácil, al pensarlo. Y sin embargo hay mujercitas que lo han hecho. Hace falta humildad, no orgullo.
Todo esto da asco.
No palabras. Un gesto. No escribiré más.

Portada de Julio César Pérez Martín. 

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