sábado, 26 de noviembre de 2016

En contra de nadie; a favor de todos

1
 
   Sabes que eres de un equipo cuando celebras su victoria aunque sea injusta. A veces, incluso, hasta te crea un poco de mala conciencia que se olvida según la necesidad de los puntos en juego. Es que la conciencia, en estos casos, se permite su dosis de arbitrariedad, de irracionalidad. Igual que a la hora de enamorarse, cantar una canción, llorar en el cine o leer un poema. Está bien. No importa.
   Lo que resulta inadmisible, al menos desde el punto de vista filosófico, es que el fanatismo o el relativismo del gusto se extiendan a cualquier actividad. Así, hay quien solo cree a los suyos por ser de su partido, su camiseta, su forma de vestir. Es más, los sigue con fervor, los idolatra.
   Y no hay cosa más estúpidamente adolescente que la idolatría. Todos fuimos sus practicantes en mayor o menor medida, pero no se pueden perpetuar comportamientos de este tipo. Y hoy, especialmente, me parece que estamos lejísimos de la madurez.

2

   No es necesario sentir compasión por la muerte de todo el mundo, pero alegrarse... Lo que sí hace falta es desarrollar comportamientos mucho más valiosos, como la crítica y el razonamiento. Podemos discutir, y mucho, sobre las decisiones de un señor que hasta ayer se llamaba Fidel Castro, pero basta ya de brindis y panegíricos. ¿De verdad somos tan simples? ¿No hemos aprendido nada?
   Parece, entonces, que a los demás debieran importarles nuestras infalibles opiniones sobre gente a la que nunca conocimos. ¿No tenemos otra cosa mejor de la que hablar?
   Si todo vamos a medirlo en followers y haters, más vale que mandemos a la mierda a la civilización. El mundo, ya lo dijo Galdós, está desarreglado, pero desde hace cien años bien se podía suponer un pequeño avance, aunque solo fuera en los términos de la discusión. Pues no, lo que resulta es que ya no hay ni discusión ni términos. Bonito panorama. 

3
 
   La historia de la Revolución cubana o de su Partido Comunista deberá medirse en términos de justicia y según categorías éticas de su tiempo. Sabemos, eso sí, su resultado: este fracaso muy a la larga, de más de 50 años, que siempre ha supuesto el espejo donde el mundo capitalista se ha querido mirar para resaltar sus arrugas. 
   No se puede negar que Cuba es una sociedad mucho más igualitaria que el resto de América (aunque cada vez menos) y suficientemente atendida por los servicios sociales; que no sostiene su nivel de vida sobre la explotación de otros; que ha intentado mantener estoicamente una economía no especulativa contra el criterio de casi todo el mundo, aunque esté haciendo agua. Pero también que es pobre y cada infraestructura o mecanismo costoso ha sido fruto de donaciones, favores poco edificantes o concesiones vergonzantes a esa misma especulación. No se puede ignorar que el sistema ha sido absurdamente cerrado a la discusión o la crítica y que ha tomado represalias que en nada honran los principios de cualquier ideología socialista; que ha mantenido un discurso totalmente alejado de la realidad; que la participación política, incluso a nivel local, ha resultado una farsa; o que ahora es el país del trapicheo y la economía sumergida, donde cada uno se busca las habas como puede, aunque no sea legal. Podéis comprobarlo en películas recientes como estas: Conducta y Esteban. Yo lo he visto.
   Vamos, que la vida allí no es nada fácil y ha obligado durante décadas a los cubanos a mantenerse sobre el filo de una navaja: irse o quedarse, callarse o insistir, cumplir o arriesgarse. Y, en esa tesitura, no ha sido una vida justa. Es posible, sin embargo, que debamos agradecerles el intento de hacer las cosas de otra manera, por mucho que no haya salido mejor que aquí, aunque sí bastante mejor que a sus vecinos de isla.

 y 4

   Pero su historia no es la de Fidel ni la de Raúl ni la del Che, igual que la independencia de 1898 no fue cosa de Martí. Que tuvieran mayor o menor responsabilidad no debería suponer una identificación tan simple. Y que los propios comunistas no renieguen de ella nos da el nivel de su propio comunismo, el mismo que tuvo el arcaico argumentario del propio Fidel.
   El culto a la persona ha llegado a tales niveles que parecemos habernos olvidado de que somos un colectivo. ¡Qué fácil atribuir toda la historia del mundo a una docena de personajes! Como si el resto no hubiera tenido que ver. No quiero ponerme trascendente, pero estamos resultando completamente patéticos. No sé cuál es el porcentaje de culpa de los historiadores, de los periodistas, de los políticos, de los profesores, de los filósofos, de los artistas o de cada hijo de vecino, pero así no hay manera.
   Somos responsables de cada cosa que hacemos o decimos. Y tenemos la obligación moral de pensar cómo hacer mejor la vida de todos. Son unos principios muy básicos que nos estamos saltando sistemáticamente. Y no son fáciles de cumplir porque exigen, sí, razonamiento y autocrítica. Todo lo demás conduce al fracaso que estamos contemplando y que no es, ni mucho menos, el de Cuba. 
   Más allá de este individualismo idiota, en el que hasta los partidos de fútbol los gana un solo jugador, habrá que empezar a plantearse las cosas en serio. A partir de ahí, podemos discutir.

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